Si la
paz es realmente lo que deseamos, debemos elegir la paz. Si la paz fuera más
importante para nosotros que todo lo demás y si supiéramos
de verdad que somos espíritu en lugar de un pequeño
yo, no reaccionaríamos sino que nos mantendríamos
totalmente alertas frente a situaciones o personas difíciles.
Aceptaríamos
inmediatamente la situación y nos haríamos uno con
ella en lugar de separarnos de ella. Entonces, a partir del estado de alerta,
vendría
la reacción.
Sería
una reacción
proveniente de lo que somos (consciencia) y no de lo que creemos ser (el pequeño
yo). Sería
entonces una respuesta poderosa y eficaz que no convertiría
a la persona o a la situación en enemiga. El mundo siempre se encarga
de que no nos engañemos durante mucho tiempo acerca de lo que
pensamos ser, mostrándonos las cosas que realmente nos
importan. La forma como reaccionamos ante las personas y las situaciones,
especialmente en los momentos difíciles, es el
mejor indicador del conocimiento real que tenemos de nosotros mismos.
Mientras
más
limitada y más
egotista sea nuestra idea de nosotros mismos, más atención
prestaremos y más
reaccionaremos ante las limitaciones del ego, ante la inconsciencia de los demás.
Los "defectos" que vemos en los otros se convierten, para nosotros,
en su identidad. Eso significa que veremos solamente el ego en los demás,
reforzando así
el nuestro. En lugar de mirar "más allá"
del ego de los demás, fijamos nuestra atención
en él.
¿Quién ve el ego? Nuestro ego.
Las
personas que viven en estado profundo de inconsciencia experimentan el ego
viendo su reflejo en los demás. Cuando reconocemos que aquellas cosas
de los demás
que nos producen una reacción son también nuestras (y a
veces sólo
nuestras), comenzamos a tomar conciencia de nuestro propio ego. En esa etapa es
probable que también nos demos cuenta que les hacíamos
a los demás
lo que pensábamos
que ellos nos hacían a nosotros. Dejamos de considerarnos víctimas.
Puesto
que no somos el ego, el hecho de tomar consciencia de él
no significa que sepamos lo que somos: sólo reconocemos
lo que no somos. Pero es gracias a ese conocimiento de lo que no somos que
logramos eliminar el mayor obstáculo para llegar a conocernos realmente.
Nadie
puede decirnos lo que somos. Sería apenas otro
concepto más,
incapaz de cambiarnos. No hace falta una creencia para saber lo que somos. En
efecto, todas las creencias son obstáculos. Ni
siquiera necesitamos alcanzar la realización, porque ya
somos lo que somos. Pero sin la realización nuestro ser
no puede proyectar su luminosidad sobre el mundo. Permanece en el ámbito
de lo inmanifiesto, es decir, en nuestro verdadero hogar. Entonces somos como
la persona que finge ser pobre mientras tiene cien millones de dólares
en su cuenta, con lo cual el potencial de su fortuna jamás
se manifiesta.
Crédito: La Nueva Tierra
Eckhart Tolle

