La creencia y actitud
de desprecio y represión a la sexualidad es más antigua que la aparición del
Cristianismo en la cultura Occidental. Ya en la época de los grandes Filósofos
griegos como Aristóteles, Hipócrates, Platón y Pitágoras que vivieron entre el
año 500 y 300 A.C, se consideraba el acto sexual como una experiencia que
debilitaba al hombre y como algo que debía contenerse y controlarse.
Para estos pensadores y
observadores del comportamiento humano, la sexualidad de la mujer, no era
problema porque ella no era afectada por la pérdida de energía que ocurría
debido a la expulsión del semen. En cambio era una constante preocupación, el
control del impulso sexual en el varón. Ya desde estos tiempos previos al
Cristianismo y los tres primeros siglos posteriores al nacimiento de Jesús, vemos una disociación
entre sexualidad y amor. Vemos que el placer sexual es visto como un aspecto
perturbador de la conducta humana y no se asocia la unión sexual con amor, ni
siquiera entre los esposos en matrimonio. Lo que vemos es una tendencia a
controlar el placer y el deseo sexual como símbolos de elevación moral y categoría
social.
Dentro del Cristianismo se
atribuye a San Agustín que “el deseo sexual (lujuria) había animado a Adán a
aceptar la propuesta de Eva de probar la fruta prohibida del Árbol de la
Sabiduría”. Así fue, como se asoció por primera vez el deseo sexual con los
orígenes del pecado. Su forma de pensar es considerada como la responsable de
la confusión y la ansiedad ante el sexo en la Iglesia Occidental. Esta unión
entre sexo y pecado hizo que muchos cristianos tuvieran y tengan aún, sensación
de vergüenza ante el deseo sexual y el acto de saciarlo a través de la
consecución o la búsqueda del placer. Esta relación, después de dos mil años,
aún sigue vigente en las creencias de muchas personas.
En el siglo XVI, se
produjo un desafío entre el sexo y el pecado original a través de la Revolución
Sexual que se inició en 1517 con Martín Lutero a través de la Reforma
Protestante que rechazó lo que San Agustín decía respecto a que el sexo era
algo pecaminoso, pasando a considerar el sexo entre un hombre y una mujer como
un regalo de Dios, mientras se produjera dentro del matrimonio. Se podría
considerar como un avance, pero creo que todavía, insuficiente.
Él mismo también
denunció que los sacerdotes tuvieran que seguir o cumplir el celibato, ya que
consideraba que “sus deseos sexuales podrán terminar siendo canalizados en
direcciones peligrosas”.
La expresión “sean
fructíferos y multiplíquense” con la que Dios se dirige a Adán y a Eva después
de su creación, se considera como la primera instrucción que Dios les dio a
ambos (Génesis, 1:28). Aquí Dios les estaba diciendo que tuvieran
relaciones sexuales aunque el fin último fuera la procreación. Fue la
primera tarea que les encomendó como pareja, lo que considero como un gran
acierto porque de una manera u otra, “daba permiso” para mantener relaciones
sexuales, aunque, luego serían las religiones las que pondrían los matices y
bajo qué condiciones debían producirse esas relaciones íntimas.
Otra expresión:
“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y
serán una sola carne”. (Génesis, 2:24). La expresión “una sola carne” se
refiere a la unidad total del cuerpo, alma y espíritu. Después sería la
religión la que diría que debería producirse entre las parejas casadas, claro.
Para el Islam, “el
pecado no existe. Concretamente, en la pareja no hay límite o prohibición
sexual dentro del mutuo acuerdo. Sólo se prohíbe hacer daño al cónyuge.” Con la
poligamia, según el Corán como Libro Sagrado, se considera que un hombre puede
tener hasta 4 mujeres, siempre que las trate a todas por igual. “En árabe, sexo
significa la unión más elevada que puede alcanzar el ser humano”.
Para el Judaísmo, la
mujer es ‘propiedad’ del hombre y la fidelidad es uno de los valores más
respetados dentro del pueblo hebreo. Esto garantiza que los hijos sean del
marido. Las tradiciones judías están presentes en la Torah (el Antiguo
Testamento) y en el Talmud. La eyaculación fuera de la vagina está
prohibida para el judaísmo ortodoxo. Para los reformistas, en cambio, no es
así: en varios pasajes del Talmud se sugieren juegos previos a la penetración.
El Hinduismo, no es una
religión monolítica, ya que existen muchas escuelas. Algunas de ellas se
consideran corrientes reformistas y otras son muy extremas, como la que
gobierna hoy la India y pena, por ley, la homosexualidad. La soltería y la
castidad están mal consideradas en la casta sacerdotal hindú, porque se
ven como actitudes naturales. Igual que hoy, por la influencia islámica y
cristiana, tampoco ven naturales el sexo anal ni las prácticas que no lleven a
la reproducción.
El kamasutra es un
texto hindú que fue escrito en el siglo III. Su nombre significa “tratado sobre
el deseo”. El Kamasutra no sólo es un tratado de sexo, sino también una fuente
de información sobre los usos sexuales de la sociedad de la época.
El Budismo no es
una religión reguladora, sino una fuente de inspiración. El tercer
precepto de la tradición budista zen insta a “no seguir una sexualidad
errónea”. Esto quiere decir que la práctica sexual no debe causar dolor ni
sufrimiento. Si lo hace, el gozo no es completo. El matrimonio budista en la
tradición zen, es un ritual que tiene una fuerte inspiración tántrica.
Actualmente, el 99% de los monjes budistas japoneses están casados. Destacar
que la homosexualidad ha sido habitual en los monasterios y que las sociedades
budistas de Asia han sido muy tolerantes con las personas homosexuales.
Consideran que la sexualidad y la espiritualidad no son dos conceptos
antagónicos en la tradición budista, sino perfectamente compatibles.
El máximo representante
del Budismo, Dalai Lama, en cierta ocasión cuando le preguntaron en una
conferencia de prensa qué era lo que se había perdido por ser un monje,
rápidamente respondió que el sexo. El Dalai Lama, la reencarnación de Buda, ya
reclamó en 1997 idénticos derechos para todas las personas, independientemente
de su orientación sexual.
Creo que queda bien
claro que las creencias religiosas y la manera de hacerlas
nuestras influye en la manera de entender y practicar la sexualidad.
El Tao del Yin y del
Yang
Los chinos han
sostenido siempre la opinión taoísta de que las relaciones sexuales entre macho
y hembra son la principal manifestación terrenal de los principios universales
del Yin y del Yang. Por consiguiente, los chinos consideran la sexualidad tan
natural e indispensable para la salud y la longevidad humanas como lo es para
la vida vegetal la lluvia que cae sobre los campos. El intenso sentimiento de
culpa que acompaña a las cuestiones sexuales en la tradición judeocristiana
constituye, para los chinos, uno de los aspectos más desagradables e
incomprensibles de la cultura occidental. La arraigada hipocresía occidental
respecto al sexo ha impedido cualquier estudio serio sobre la sexualidad humana
en el mundo occidental hasta hace escasos decenios. Como en todo lo demás, la
filosofía occidental contempla el sexo a través de la óptica del dualismo: o
bien se lo considera sagrado (en el matrimonio), o bien profano (fuera del lazo
nupcial), sin admitir ningún matiz entre ambos extremos. Los chinos, en cambio,
no establecen ninguna distinción entre sexualidad sagrada y profana. Por lo que
a los taoístas se refiere, las únicas distinciones a tener en cuenta en materia
de sexualidad son las que deslindan los hábitos sexuales sanos de los dañinos.
Los chinos abordan el tema de la sexualidad humana -como todos los demás
fenómenos- con una mezcla de curiosidad y reverencia. Dado que las relaciones
sexuales son tan fundamentales para la vida humana como el comer y el dormir,
los adeptos taoístas dedicaron mucho tiempo y atención al estudio de todos sus
aspectos e implicaciones para la salud y la longevidad humanas. En una sociedad
felizmente libre de represión sexual, los médicos taoístas pudieron examinar a
fondo el comportamiento sexual humano y registrar con plena franqueza sus
observaciones en libros y diarios, envolviéndolas en la habitual terminología
taoísta, tan poética y florida. Por consiguiente, los chinos han tenido ocasión
de abordar y estudiar las relaciones sexuales entre hombre y mujer con los ojos
bien abiertos y la mente libre de prejuicios y, a lo largo de más de tres
milenios, se han convertido en los más avisados observadores de la sexualidad
humana y en los más imaginativos amantes.




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